A la vista, los dos cabos de Sa Costera, ambos coronados con torres de defensa: en primer término, la torre de Na Seca y más lejos la torre de El Forat © Foto: Gabriel Lacomba

LAS TORRES DE DEFENSA

Sabías que...

La torre de Es Verger de Banyalbufar, llamada en las guías turísticas "torre de Ses Ànimes", fue propiedad del archiduque Luis Salvador. Cuando la compró, quiso adquirir también un pequeño pinar que separaba la torre de la carretera que había hasta finales del siglo XIX y por donde tenía que pasar necesariamente para acceder a su nueva propiedad. Este pinarcito era propiedad de un viejecito de Banyalbufar que no lo quiso vender de ninguna de las maneras. Al cabo de unos años el hombre se cayó por el precipicio junto a la torre, lo que su hijo interpretó como un castigo por no haber querido vender el pinar al archiduque, que finalmente lo pudo comprar al heredero del viejecito.

Bibliografía


Vigilància marítima a Banyalbufar
Autor: Josep Segura i Salado
Editorial: Associació cultural Bany-Al-Bahar
Año de publicación: 1998

Aunque se centra estrictamente en las torres y la vigilancia de Banyalbufar, este libro da una imagen muy precisa de los problemas que tenían las guardias, de la vida que podían llevar los centinelas y de los conflictos que surgieron como consecuencia de las guardias. Además, ofrece mucha información sobre la torre de Es Verger, probablemente la atalaya más conocida de Mallorca.

Créditos

Diseño: www.lacomba.com
Texto: Bartomeu Homar
Traducción al castellano: Maria Gené Gil

Una de las imágenes turísticas más difundidas de Mallorca es la de la torre de Es Verger, en Banyalbufar, más conocida con el nombre, aunque incorrecto, de "torre de Ses Ànimes", y a la que los vecinos de Banyalbufar llaman, simplemente, "Sa Torreta".

Esta torre formaba parte de un completo sistema de vigilancia que seguía todo el perímetro de Mallorca y que permitía dar aviso a toda la isla si había algún peligro que llegara por mar.

La mayoría de las torres datan del siglo XVI, pero antes de que se construyeran ya existía una red de guardias y escuchas. Las guardias eran las vigilancias diurnas, eminentemente visuales, mientras que las escuchas eran las guardias nocturnas, en las que los vigilantes tenían que agudizar el oído para oír cualquier ruido que pudiera delatar la llegada de un barco: el golpeo de unos remos en el agua, el ondeo de una vela, la voz de los marineros…

Estas guardias se hacían en lugares elevados de la costa, con buena visibilidad de un tramo del litoral y en puntos estratégicos que permitieran estar en contacto visual con la guardia vecina.

La labor de estos guardias era avisar de la llegada de barcos enemigos, piratas y cosarios berberiscos mayoritariamente, pero también de embarcaciones que pudieran introducir en Mallorca algún tipo de enfermedad contagiosa.

La torre de Es Verger en Banyalbufar © Foto: Gabriel Lacomba

Con frecuencia, los encargados de las guardias no acudían a vigilar y preferían hacer jornales en las possessions vecinas

Las torres hacían señales de humo durante el día y de fuego durante la noche

En el siglo XVI, los ataques piratas a las poblaciones costeras vivieron su momento más álgido. La documentación histórica sobre estos ataques en pueblos como Andratx, Estellencs, Banyalbufar, el Port des Canonge, Valldemossa, Deià, Sóller y Pollença es abundante.

Por ello, se decidió mejorar el sistema de vigilancia y se empezó por edificar torres fortificadas y armadas en la mayoría de los puntos donde ya existían las guardias.

Don Joan Binimelis, personaje polifacético que reunía las facetas de médico, historiador, astrónomo y sacerdote, fue el impulsor de la edificación de las torres y organizó un sistema de señales, de humo durante el día y de fuego por la noche. Este código de señales permitía avisar a las torres vecinas, las cuales, torre a torre, hacían llegar la información hasta la Almudaina.

La historiografía también nos ha dejado numerosos testimonios de conflictos y problemas que surgían a raíz del cumplimiento de las guardias, que debían hacer no solo los habitantes de los pueblos costeros sino también los de los pueblos vecinos y no tan vecinos. En Banyalbufar y Estellencs, por ejemplo, se tenían que hacer guardias, o por lo menos pagarlas, como hacían los vecinos de los pueblos de Esporles y de Puigpunyent, pero también los de Santa Maria, Santa Eugènia y Algaida.

Con frecuencia, los encargados de la vigilancia no acudían a su lugar. No debemos olvidar que la pérdida del jornal de un día de trabajo en el campo podía significar que no comiera una familia.

La profesionalización de los torreros fue una solución temporal, porque con el tiempo lo que hacían era aprovechar las largas estancias en la torre para dedicarse a hacer jornales en las possessions vecinas o a hacer tareas para complementar el sueldo.

En el siglo XVIII se publicaron las Ordenanses de les torres de foch del Recna, un documento que establecía, entre muchos otros puntos, las obligaciones de los torreros, la prohibición de abandonar la torre y toda una serie de normas que asegurasen el trabajo de vigilancia costera.

La conquista del norte de África por parte de Francia en la década de los treinta del siglo XIX acabó definitivamente con el corsarismo barbaresco y las torres empezaron a caer en desuso, aunque ocasionalmente se utilizaron para vigilar el contrabando y también durante las dos guerras mundiales y la Guerra Civil española.

En la costa de la Serra de Tramuntana quedan ahora toda una serie de torres, algunas fortificadas y otras simples atalayas de observación. Desde la torre de cala En Basset hasta la atalaya de Albercutx en Pollença encontramos unas veinte construcciones que constituyen un patrimonio de valor incalculable, tanto histórico como arquitectónico o etnológico.

Torres como la torre Picada de Sóller, de Na Seca, de Tuent, la torre Nova o la ya mencionada de Es Verger son testimonios de una época pasada que vivieron los abuelos de nuestros abuelos. Que estas torres tengan ahora una nueva vida depende de nosotros, de nuestra inquietud hacia el patrimonio histórico y de nuestra sensibilidad para ver verdaderos monumentos en lugar de simples montones de piedras.


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